El deseo implícito de una mente desquiciada.

Per me si va ne la citta’ dolente,
Per me si va ne l’eterno dolore,
Per me si va tra la perduta gente.

Giustizia mosse il mio alto fattore:
Fecemi la divina potestate,
La somma sapienza e ‘l primo amore.

Dinanzi a me non fur cose create
Se non eterne, e io eterna duro.
Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate.

sábado, 8 de enero de 2011

Cuestión de opiniones.

A veces me interrogo sobre las causas que precipitaron la situación mundial actual. Aunque son importantes las causas políticas, económicas y sociales yo suelo concentrar la indagación en las causas humanas, que según mi opinión son las causas primeras de todo el descontrol que se ha generado.

Remontándonos a los albores de la humanidad podemos observar que la historia siempre ha estado caracterizada por guerras, por descubrimientos, por catástrofes y epidemias pero también por un progreso creciente igual a la proliferación del ser humano en la faz de la Tierra. Sin embargo las causas primeras de todas estas situaciones son las relaciones humanas. En el plano personal, individual, influyen todos esos sentimientos, todas esas emociones, que muchas veces suelen condicionar las decisiones de los seres humanos. Desde la antigüedad hasta el momento actual todas las grandes tragedias de la humanidad que han derivado de la relación entre esta especie, es decir, no por causas naturales, entendiendo por naturales derivadas de la naturaleza, se han debido a unas personas que en un momento tomaron una decisión, muchas veces equivocada, que condicionó el desarrollo de la historia.

Personalmente no comprendo cómo estas personas fueron capaces de tomar decisiones tan perjudiciales para el ser humano, cómo no pudieron ver que la paz es en realidad un bien y la guerra un mal. Miento, sí que lo comprendo, es humano. Estos actos que influyeron en el desarrollo de la historia no se diferencian demasiado de las decisiones cotidianas, son muy símiles. Por ejemplo ¿Hay alguna diferencia, aparte de la aparente, entre quien decide si va a tratar mal a otra persona y quien decide declarar la guerra a otro estado? Aquí destaca la importancia de la moral y del comportamiento, del equilibrio interior y de la justa administración de las emociones. Con esto no quiero decir que aquellos que tomaron decisiones, para mi, equivocadas fueran personas desequilibradas e inmorales. De hecho la cuestión en este punto se amplía e incluye todas las facetas de la personalidad del ser humano.

Muchos filósofos durante el Renacimiento y el Iluminismo atribuían a la razón la capacidad para aceptar o condenar una acción, es decir, daban a la razón el poder de calificar morales o inmorales determinados hechos.

Hay múltiples razonamientos para aceptar como válido cualquier razonamiento, pero no depende tanto del razonamiento efectuado cuanto de la personalidad de la persona que lo efectúa, es decir, un mismo razonamiento puede parecer creíble a una persona pero tal vez no a otro individuo. Debido a la duda existencial, que creo siempre necesario tener en cuenta, nadie me parece capaz de afirmar como verdad absoluta lo que se presenta como una conjetura, como una hipótesis, sin pruebas reales.

Nadie entonces sabe realmente si lo que hace es moralmente correcto porque la razón está sujeta a la mente, la mente tiene como órgano principal el cerebro y el cerebro forma parte de nuestro organismo, por lo tanto se mezclan siempre experiencias subjetivas que oscurecen el juicio moralmente correcto, es decir, el juicio que respeta las reglas humanas y que sería desde el punto de vista del ser humano el juicio más acertado.

¿ Se podría decir entonces que las personas que tomaron decisiones que influyeron el desarrollo de la historia muchas veces lo hicieron teniendo en cuenta sus opiniones personales y sus experiencias, emitiendo de esta manera un juicio no totalmente objetivo y por ende moralmente correcto?

Yo opino que por mucho que los seres humanos hayan intentado, y sigan intentado, hacer lo correcto siempre habrá un conflicto de intereses nacido de la diferencia de opiniones, que a su vez nacen de la propia experiencia del individuo.

Pero no hay que pensar siempre en el individuo sin responsabilidades, recordemos que aquellos que han tejido el actual presente han sido aquellos que han tenido poder y por ende responsabilidades. Esto quiere decir que los mandatarios, los personajes influyentes y otros individuos que han tenido algún tipo de presencia en el mundo, han tenido también la responsabilidad derivada de su cargo o de su posición.

Por eso me horroriza saber que el destino de la humanidad ha pendido y sigue pendiendo de la voluntad de determinados individuos. Con esto no entiendo señalar simplemente a las dictaduras, sino a aquellos regímenes que delegan el poder en una o varias personas, incluida la democracia.

Volviendo al tema principal, ahora se podría decir que cada forma de estado, de gobierno, de sociedad es igual de inestable que un simple individuo, pues no olvidemos que nuestra sociedad está formada por simples personas y que cada una tiene una voluntad, unas emociones, unas aspiraciones, unas opiniones que suelen diferir unas de otras en la mayoría de los casos.

Por eso, y aunque parezca absurdo, opino que la causa principal que ha precipitado la situación actual es la inestabilidad anímica que está presente en cada ser humano desde los comienzos de nuestra especie y que, día a día, da forma a la leyenda olvidada que algún día seremos.

viernes, 7 de enero de 2011

Amor propio.

En el primer acto de Fuenteovejuna de Lope de Vega, en un diálogo entre los personajes Mengo, Barrildo y Fondoso con las dos mujeres Laurencia y Pacuala, el autor habla del amor propio. El concepto de amor propio que Lope saca a colación se remonta al gran filósofo griego Aristóteles.

Aristóteles afirmaba que amarse a sí mismo es natural. De esta afirmación se podría intentar sonsacar un concepto menos ambiguo, porque ¿Qué es el amor propio?

Se podría entender como una forma del instinto de supervivencia humano, es decir, nos amamos a nosotros mismo porque lo necesitamos, el instinto de autoconservación lo hace obligatorio. Buscar el mal de nuestra persona entonces no es una forma de amor propio y podría decirse una forma de existir contrariamente a las reglas naturales, estos es, que cada organismo pugna por sobrevivir y, de esta manera, haríamos todo el contrario, por lo que se a esta forma de tortura se le podría decir antinatural.

Todo esto desde el punto de vista objetivo de un observador imparcial puede parecer conciso e incluso creíble, pero hay que tener en cuenta que en esta anterior valoración no está presente la pare subjetiva, los motivos que han obligado a la persona a comportarse de esa determinada manera.

De todos modos esta forma de amor propio, como instinto de conservación, es solo una de las varias formas con las que se puede identificar el concepto.

Otra de estas sería el amarse, dando a la palabra amor el sentido convencional que designa una atracción física y espiritual entre dos personas, lo que se identificaría con el narcisismo o la egolatría. Una forma de amor arriesgada, ya que también desafía los límites naturales, que obligan a todo animal a buscar una pareja y a procrear. No por esto habría que condenar esta forma de amor, ya que no dista mucho de las formas que tiene el hombre de expresar este sentimiento. Aún así, este orgullo en la propia persona que es el narcisismo, esa exaltación del propio ser que es la egolatría, están basados en unos sentimientos no siempre positivos, de alguna manera este amor propio podría estar basado en la soledad, con todas las implicaciones que esta conlleva.

Pero creo que la forma de amor propio a la que se refería Aristóteles es la que se encuentra en un equilibrio entre el cuerpo y el alma, que no por eso son dos cosas opuesta e irreconciliables, sino al contrario. En este amor es aquel que guía a la persona hacia aquello que la favorece, hacia aquello que le conviene, sea en el plano físico que en el espiritual. El amor propio es un amor hacia el propio ser verdadero que la persona es, una forma de respeto al alma latente que cada uno de los seres humanos tiene. Esta forma de amor es capaz de guiar a la persona a hacer el bien, a hacer aquello que en un futuro, a corto, medio o largo plazo, le podría beneficiar.

Entendido esto se puede pensar que si una persona se ama a sí misma es una persona feliz. De aquí se podría deducir lo que es una persona feliz, es decir, una persona equilibrada, que mantiene en un mismo plano el cuerpo y el alma de manera haciendo que su amor propio prolifere y aumente.

Ahora, está claro que la felicidad la he entendido como un equilibrio, pero no sé si podría responderse con la “felicidad” de la que todos hablamos y de la que nada sabemos que, al fin y al cabo, no es más que una idea que con el paso del tiempo se ha convertido en un falso ídolo que todos veneramos en vano.

La felicidad como equilibrio me parece más factible y le doy ese nombre puesto que este equilibrio hace feliz a la persona que lo practica y proporciona una gran satisfacción.

Desde luego esta afirmación es algo utópica, pero al formular estas afirmaciones no hago sino moverme en el plano de las ideas que no se realizan, es decir, en el plano hipotético ya que la duda existencial me impide afirmar con toda seguridad la veracidad de mis afirmaciones.

Pero siguiendo en este fantástico mundo, el equilibrio ayuda al ser humano a sentir amor propio pero no tan solo esto.

Cuando una persona está enfadada, descontenta consigo misma, cuando un ser humano no se siente a gusto en su propio ser acaba por tratar mal a los demás. De alguna manera el ser humano muchas veces descarga sus frustraciones con las personas que lo rodean. Esto lo único que provoca es una reacción de rechazo en las personas que han sufrido la cólera de la persona descontenta. Este rechazo nace del descontento que provoca que otra persona trate mal al prójimo sin motivo aparente y, hay que decirlo, en muchos casos inexistente. Pues bien, de este descontento nace un rechazo natural que nace probablemente del instinto de autoconservación, esto es decir, a nadie le gusta que le mangoneen. La persona ofendida entonces corta vínculos con aquel o aquella que a hecho la ofensa. Esto no hace sino sentir peor al individuo que está ya descontento consigo mismo y agria aún más su carácter, lo que se traduce en más ofensas hacia aquellos que lo rodean. Es un triste círculo vicioso en el que a cada ofensa sigue otra mayor.

Sin embargo, poniendo el caso contrario, si una persona se comporta amablemente a con otra persona, probablemente, tarde o temprano, reciba a cambio una retribución bajo forma de amabilidad. Cuando una persona se comporta de esta manera con las personas que la rodean, se la puede calificar como una persona altruista.

Ahora bien, sabiendo el caso contrario se puede deducir que este altruismo nace del amor propio. Entonces el amor propio no es algo que beneficia solo al individuo que lo practica, sino que es positivo para todas las personas que lo rodean y ayuda a los demás a sentirse mejor, fomentando de esta manera el altruismo.

Así que ¡Tengan cuidado, el altruismo es contagioso... y además es positivo!

miércoles, 5 de enero de 2011

Curiosidad.

Curiosidad es la necesidad de saber mucho acerca de algo en particular; al contrario el ansia de saber es la voluntad innata que todo ser humano tiene o debería tener y consiste en el querer saber mucho acerca del entorno que lo rodea, de los procesos que se cumplen en el ambiente en el que vive, de los sistemas que comparten su espacio vital y de todo lo que de alguna manera lo incumbe. Eso decía Schopenhauer.

Por desgracia este instinto del ser humano no me parece algo de lo que debamos enorgullecernos, aunque tal vez en este consista nuestra salvación como especie.

Retomando los argumentos del filósofo Rousseau, que vivió durante el triunfo del iluminismo francés, aunque es considerado un superador de esta doctrina puesto que entro en conflicto con aquellos que postulaban la necesidad de establecer la razón por encima de todo lo demás… (disculpen el “excursus”) donde él afirma que en los albores de la humanidad los hombres vivían individualmente, sin necesidad de establecer una sociedad ni una jerarquía, se podría deducir que estos seres primitivos no tenían el instinto que yo antes he calificado de “innato”. Si estos hombres no vivían en sociedad no podían tampoco mantener un conocimiento básico, es decir, lo que cada hombre descubría moría con él puesto que el saber no era transmitido ni se acumulaba. Según Rousseau esto se mantuvo así durante mucho tiempo, sin compromisos, un mundo salvaje para unos hombres primitivos cuyas únicas agrupaciones eran aquellas que se creaban por necesidad, sin el establecimiento de ningún vinculo duradero- lo que ahora consideramos una familia se podría decir que antes no existía-.

Entonces se podría decir que lo que caracterizaba al hombre no era la voluntad de saber, sino la de sobrevivir, aunque aderezada con una curiosidad que lo llevaba a descubrir medios para mejorar su vida propia pero que, a la muerte del individuo, se perdían irremediablemente. Rousseau afirma que todo esto cambió cuando un hombre afirmó su derecho sobre algo, es decir, dijo que le pertenecía; y cuando otros hombres escépticos lo creyeron y lo aceptaron: nacía la propiedad privada y con esta la desigualdad social y todo lo que de esta deriva. Según Rousseau este es el mayor error del hombre, el haber dado el paso de un equilibrio natural a uno artificial, al que no sé si podré llamar equilibrio.

Desde ese momento se crearon las primeras sociedades y en ellas comenzó a acumularse el saber de los hombres. La curiosidad dejó paso al placer de saber, a la necesidad de conocer el entorno y los orígenes de los hombres. No es que la curiosidad dejase de existir, ni mucho menos, de hecho los humanos hodiernos aún somos seres curiosos, pero esta curiosidad se mantuvo a nivel individual, el saber acabó por predominar; aunque, bien mirado ¿Qué es el saber sino la suma de la curiosidad de muchos hombres?

El hecho es que el paso del hombre por este mundo ha dejado un camino marcado por el efecto de una curiosidad indomable. Este efecto se traduce en varias disciplinas que ocupan ahora el tiempo del hombre y que para llegar a un buen grado de comprensión del mundo es necesario conocerlas mínimamente. Pero por muchos aspectos positivos que haya logrado el ser humano con su curiosidad también ha dejado un rastro de muerte y destrucción, dramatismo incluido. Por poner un ejemplo, Dante, el fantástico escritor de la Comedia sobre los reinos ultraterrenos, colocó a Ulises en el infierno, siendo éste la metáfora de la Curiositas greco-latina; Ulises quiso saber más que cualquier otro mortal sobre lo que había más allá de las fronteras que Dios había dado a los hombres, quiso saltarte los límites de la mortalidad llevado por su acuciante curiosidad. Dios por supuesto no lo permitió y, siempre según Dante (recuerden que es una metáfora), hundió el barco donde viajaban Ulises y con sus marineros justo cuando estos acababan de avistar la montaña del Purgatorio.

Algo parecido ha sucedido en la historia: el hombre, llevado por su curiosidad ha descubierto y ha hecho prácticos estos descubrimientos de toda clase, incluidos aquellos bélicos. Los seres humanos solemos manipular las ideas, a las demás personas, para que los hechos nos favorezcan, supervivencia sin duda. Debido a esto ha habido tantas injusticias, tantas muertes, tantas mentiras, cuya causa ha sido el mismo ser humano.

Se puede inducir de todos estos casos particulares que la curiosidad y el saber han sido las causas preponderantes que han precipitado la situación actual. Claro ¿Pero acaso no es peor la ignorancia? En nuestra sociedad hodierna una de las consecuencias de la mala gestión del saber ha sido la ignorancia, muchos de nosotros ignoramos los aspectos fundamentales de nuestra historia, de nuestro origen ¿La curiosidad ha llevado a olvidad lo que somos? Sin duda no ha sido la curiosidad ni es saber, sino el hombre, que ha hecho mal uso de los conocimientos, siempre mirando a mejorar sus propias, y cuando digo propias entiendo solo de un individuo, condiciones de vida olvidando que vive en una sociedad y que somos un todo, no un grupo de personas individuales. Tal vez en esto radique la desigualdad que se ha establecido hoy en día: en que la sociedad parezca un bloque unido mientras que está fragmentado en pedazos, siendo cada pedazo una voluntad.

Pero volviendo al tema, la curiosidad ha llevado al hombre a descubrir métodos para mejorar sus condiciones de vida, su ambiente y todo lo que le rodea, pero también ha llevado al hombre a descubrir métodos para empeorar las condiciones de vida de los demás y para destruir el ambiente que lo rodea a su voluntad.

Sin embargo y por mucho que lo desee, debo admitir la curiosidad, el saber, como algo absolutamente necesario para el progreso, ya que en este radica la única forma de salvación para el ser humano dada la situación actual.

Aprender a ser responsable con los conocimientos, utilizarlos para mejorar el mundo que nos rodea es algo que me parece de vital importancia para el humano moderno y por eso es una de mis metas a medio y largo plazo, algo que espero cumplir para mejorar a nivel personal y por lo tanto para mejorar la sociedad.

martes, 4 de enero de 2011

Otium.

Me llama la atención la capacidad que los seres humanos tenemos para perder el tiempo. Paradójicamente yo abuso del tiempo de ocio, entendido según la connotación hodierna, lo que, verdaderamente es un desperdicio de tiempo.

Los romanos tenían una concepción del ocio muy diferente a la que ahora nosotros tenemos. Para ellos el día se dividía en “negotium” y “otium”. Durante el tiempo de “negotium” se dedicaban a sus tareas, al trabajo para subsistir. Durante el tiempo de “otium” los romanos se esforzaban por mejorar a nivel personal, cultivaban su mente, practicaban deporte y hacían actividades que de alguna manera mejoraban la calidad del individuo y lo hacían progresar como persona. Todo esto es concebible tan solo manteniendo el punto de vista de la sociedad romana, que en su momento de máximo esplendor se mostraba estructurada y eficiente, cuyos ciudadanos, aquellos que gozaban de privilegios en el mundo romano, podían permitirse el lujo de separar su tiempo en “negotium” y “otium”.

Aplicado a la sociedad hodierna parece algo inconcebible, pues los seres humanos modernos vivimos con una especie de prisa innata que nos impide pararnos a pensar cómo gestionamos el tiempo del que disponemos. Entonces esta división hecha previamente se podría considerar una suerte de utopía, lo que nos dejaría como al principio, sin ninguna conclusión nueva.

Sin embargo, a lo largo de la historia, la mayoría de ideas que se aplicaron al mundo al principio no fueron más que una utopía y, generalizando, nada nos demuestra que nuestras ideas no sean más que eso, utopías.

Por lo tanto podríamos admitir una de las dos opciones: o todas las ideas son una utopía o todas las ideas nacen como utopías pero tienen un cierto margen de aplicación práctica que permite desarrollarlas en la realidad que conocemos con un cierto grado perfección, muchas veces ínfimo, casi nulo.

Suponiendo la segunda opción como la más viable de las dos podemos, en nuestra mente, crear una jerarquía de necesidades de la que deriva el gasto de nuestro tiempo. Conociendo lo que necesitamos y cómo cumplimos nuestras necesidades podemos calcular aproximadamente el tiempo del que disponemos para cumplirlas y el tiempo que empleamos en hacerlo.

Personalmente opino que manteniendo una organización interna en nuestra mente podemos llegar a crear una especie de disciplina, imperfecta claro está, en nuestra vida real. Tal vez podamos llegar a educar nuestra mente y por ende nuestro cuerpo, que materializa las necesidades psicológicas de la mente además de sus propias necesidades físicas.

En el plano personal yo utilizo demasiado tiempo en cosas vanas, banales, que no me proporcionan una felicidad a largo plazo, sino que me ayudan a pasar el tiempo de una manera agradable en el momento. Esto es algo que como persona debería cambiar, pero es algo que mi indisciplina mental me impide. Puedo ser capaz de distinguir lo placeres momentáneos de aquellos de larga duración, pero por una causa u otra no soy capaz de decantarme por los segundos, lo que seguramente se deba a que, lograr algo a largo plazo, requiere un esfuerzo prolongado, cosa no muy agradable. Por no hacer el esfuerzo muchas veces no logramos la meta. También es algo paradójico que una persona como lo diga, aunque lo es aún más que sabiéndolo no lo cambie, pues, teniendo en cuenta todo lo anterior, se me puede considerar una persona vaga, sin ganas de cambiar lo antes mencionado.

De todos modos llevar a cabo una buena gestión de cualquier cosa requiere un esfuerzo que es directamente proporcional a la felicidad que el resultado de tal gestión produce, esto es, mucho esfuerzo es igual a mucha felicidad; un esfuerzo insuficiente es igual a decepción y por ende a infelicidad.

Toda meta requiere un esfuerzo, todo objetivo necesita de empeño por parte de aquel que pretende lograrlo.

Animo a todo aquel que quiera, con su fuerza de voluntad, hacer algo productivo con el tiempo del que dispone, es decir: me animo a mí mismo; porque como dijo el filósofo oriental Confucio: Si ya sabes lo que tienes que hacer y no lo haces entonces estás peor que antes.

lunes, 3 de enero de 2011

Negro:Gris:Blanco.

Ya no aguanto más, estoy harto. A pesar de mis intentos no puedo suprimir los juicios que como persona emito.

Me gustaría estar por encima de mi propia mente y de sus crueles juegos pasionales y emocionales. Remontándome a la corriente Iluminista del siglo XVII-XVIII he probado a entrenar mi mente bajo los dogmas de la razón, de la incuestionable lógica. El problema es que era un entrenamiento meramente formal, la educación de mi intelecto consistía en la anulación de los demás aspectos de mi ser, dirigidos por la mente; consistía en la supresión de los demás sentimientos de manera absoluta, enterrando las semillas de la felicidad y la tristeza bajo un manto de ilusiones bruscamente apartadas por la razón. Creí ver una luz, una guía salda y firme, un apoyo, un camino definido listo para ser recorrido por mí. La razón me mantenía despierto y atento, pendiente de la meta que pretendía lograr: una vida razonable, una vida mejor. Como hicieron los iluministas, dejé el dominio de mi cuerpo a mi mente y mi propia mente la dejé bajo las órdenes de la razón. Así trascurrió el tiempo, no sin irregularidades, algo pugnaba por salir, por escapar a su encierro, algo fuerte, que me superaba y que aún lo hace.

Las rotas ilusiones habían resultado un fértil manto de alimento para las pasiones latentes, una parte de mi mente no se había rendido nunca al absolutismo de la razón y esperaba una catarsis espiritual. Un día como otro cualquiera el muro racional que mantenía aislada mi mente y mi alma del resto de emociones cayó derribado por una explosión de experiencias no asimiladas, de juicios no emitidos, de valores infringidos, de sentimientos no vividos y de pasiones que buscaban materializarse en mi. Quise ser fiel al único principio que había establecido, a la regla inquebrantable que más tarde hice añicos, quise seguir por encima de todo a la razón pura frente a los demás aspectos de mi mente. Es evidente que no lo logré. Nunca he sabido si fue por falta de voluntad, si fue por falta de disciplina mental o si simplemente es algo imposible de lograr y que los filósofos racionales del iluminismo europeo eran unos hipócritas; no podría decirlo, de momento el hipócrita soy yo.

Todo estalló en mi interior e irremediablemente me hundí, herido de muerte en mi orgullo, en mi personalidad. Los sentimientos se desbordaron y me volví una persona emocional, melancólica, empática tan solo conmigo mismo, egoísta en mi dolor, encerrado en mi tristeza debido a los prejuicios creados en mi mente; me sentía incomprendido.

No recuerdo con exactitud cuánto tiempo pasé hundido en la derrota, cayendo cada día más hacia un futuro incierto, tan solo aliviado por la alienación de mi persona, por la lectura de relatos confortables, pero irremediablemente perdido. El desequilibrio emocional que se generó en mí tras la caída de la razón me costó muchos días oscuros, teñidos con un velo gris, que ocultaba el color del mundo y de las demás personas y me obligaba a mantener una actitud egoísta.

Suele decirse que en estos momentos tan críticos suelen estar los amigos para reconfortar el espíritu, pero en mi caso no estaban. Aprendí a convivir con la soledad, con la que, aún hoy, me encuentro muchas tardes, a base de días vacíos y noches largas. Comprendí muchas cosas y, desde aquella nueva perspectiva, observé el pasar del tiempo y el movimiento de los seres humanos, y me sorprendí. Me sentí diferente de los demás jóvenes de mi edad, ninguno de ellos parecía conocer la soledad, ninguno parecía entender mi mirada triste, ninguno parecía ver mi estado de ánimo por encima de las engañosas apariencias. Sin embargo este estado que sufría lo observé en personas mayores, cercanas a la vejez; me sentí viejo.

De esta forzosa convivencia, derivada de mi introversión abusiva y de la ruptura casi completa con el mundo exterior, siendo los únicos filones mediadores la familia y el colegio, obtuve provecho, una formación forzosa, no deseada. Aprendí a convivir conmigo mismo, pues la soledad no es más que una convivencia con nuestros propios pensamientos, con mis emociones, pero no logré controlarlas, no logré controlar los juicios que me causan tantos problemas. El desequilibrio se mantuvo y en mi encierro interior intenté sufrir todo lo que había guardado, en silencio. El resultado de todo fue el mismo que sufriría una persona al situarse físicamente bajo una cascada de gran altura: los sentimientos ocuparon mis sentidos invadiendo mi espacio, rompiendo barreras, todos a la vez, generando un gran desorden en mi interior.

Tras pasar largo tiempo conmigo mismo logré crear un equilibrio entre mis sentidos y mi mente, logré equilibrar la balanza de lo que siento y de lo que estoy dispuesto a sentir. Este equilibrio era inestable: algunos días estaba saturado de emociones, negativas en mayor medida, y me sentía triste, otros las únicas emociones que ocupaban mi sentir eran positivas y me sentía muy feliz; vivía entre blanco y negro, no existía el gris.

Hasta que un día me sentí apático, comencé a aborrecer el mundo, a las personas, a mis pensamientos y a mi mente. Entonces me sentí verdaderamente extraviado, pues me movía en la dimensión del aburrimiento, adonde van las personas que acaban por perder su meta, su objetivo y quedan vacías por completo, sin tristezas ni alegrías. Mi mente se volvió gris.

Perdí mucho esas semanas que pasé en estado neutro, sin ganas ni necesidades. Aprendí a ser un falso escéptico, la indiferencia y apatía de la que nacía una crítica hueca hacia todo lo que me rodeaba, falsa indiferencia, falsa apatía, falso escepticismo. En realidad una parte de mí sintió todo lo que sucedió durante aquel lapso de tiempo, simplemente lo descarté, no lo tuve en cuenta y creí haber llegado a la ataraxia; pero obviamente no era la ataraxia. Tal vez fuera simplemente una imperturbabilidad aparente derivada del cansancio generado por la lucha entre las emociones contradictorias que habían hecho de mi mente y de mi alma su particular campo de batalla; tal vez fuera tan solo que acabé por aburrirme del juego de las pasiones y por esto abdiqué a favor de la automatizada respuesta que todo animal genera cuando se encuentra en peligro de muerte: la supervivencia. Así viví como un vegetal, escondido en mi mente, en el reducto libre de peligros, custodiado por mis valores más puros, donde dormí durante lo que me pareció una pequeña eternidad.

Al despertar me encontré con un equilibrio que mi propio cuerpo había generado en ausencia de mi voluntad, cautiva de sí misma. Mantuve dicho equilibrio aferrándome a este como a un seguro de vida, pues, de alguna manera, sí que lo era. Pero inevitablemente, como todas las cosas y sistemas, se fue deteriorando.

Es evidente a qué llevó este deterioro de mi equilibrio: mis sentimientos se desbordaron. Tal vez esta sea una de las causas por las que expongo, resumidamente, las vivencias interiores de mis más recientes (una vez leí en un libro que es mejor utilizar eufemismos a decir directamente “últimos” por la connotación que esta palabra conlleva) meses de mi vida. Una lucha que estoy manteniendo en estos momentos, una búsqueda que llevo a cabo con el fin de lograr un equilibrio estable, valga la redundancia, y de lograr de alguna forma u otra la ataraxia.

Por eso mismo he decidido expresar los sentimientos que he mantenido encerrados en mi más íntimo ser, para que, expresando los conceptos generales de lo que he sentido, los particulares sentimientos abandonen mi mente, donde han establecido su morada, y dejen de dar vueltas en mi cabeza, siempre en círculos, sin encontrar una salida como la que les ofrezco yo ahora.

Los juicios siguen ahí, no logro librarme de ellos por mucho que piense una manera razonable de hacerlo. Estoy bastante cansado de no lograrlo y por eso mismo voy a hacer todo lo contrario de lo que me dice mi mente, es decir, voy a pedir ayuda.

Creo que la supresión de los juicios que yo pretendo no sea tal vez algo que pueda hacer solo y, por eso, me ayudaría mucho que aquellos que lean esto, sin obligaciones claro está, me propongan alguna forma de dejar atrás los juicios y prejuicios que me asolan.

Tal vez juntos podamos lograr lo que solos no hemos conseguido.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Dolor plasmado.

Llueve, llueve, llueve sobre mi cabeza triste,

la vaga sombra del fracaso rondando,

con el alma partida, rota y cosida,

creo que la última vez perdí unos cuantos pedazos,

qué descuido, un poco menos de humanidad, una lástima;

camina, no, se arrastra, el cadáver empapado,

de lo que una vez fueron mis principios firmes,

ahora tan vulnerados, violados impunemente:

“¡Señora Amargura, me alegro de verla de vuelta!”

“La cruel incomprensión te hace sabio, hijo

¿Has aprendido a ser indiferente?”

“Sigo siendo humano aunque nadie se de cuenta.”

“Una lástima.”

Llueve y llueve y llueve sin tregua,

Ahogando mi impronta, el reflejo

de mi sombra en un cristal de hielo.

Alzando los ojos la claridad, con la que la oscuridad,

Impenetrable, se percibe, me ciega, me anula.

Me encierro en mi prisión etérea,

donde una trémula luz me consuela.

veloz acude el maestro de los hombres:

“Llora, pequeño, llora, pero luego levanta.”

Tras burlar a los centinelas áureos de mi encierro,

me tiende la mano el señor Odio,

le pregunto por la amable señora Amargura

y me responde que la ha llamado de vuelta.

Oculta la luz y su sombra me acoge y mece,

me levanta con suavidad, el gran Maestro:

“Quisiera enseñarte a odiar.”

“Señor, yo ya odio.”

“Si odiases no llorarías en tu etérea prisión.”

“Señor, yo lloro porque no quiero odiar”

“No eres humano, hombre-fiera.”

“Por eso lloro.”

jueves, 9 de diciembre de 2010

Infames.

El vulgo vocifera vilmente,

los ídolos olvidados yacen en un rincón,

reclaman burdamente un señor,

la libertad es un espejismo,

el reflejo de las aspiraciones

nobles trocadas por el miedo

a asumir responsabilidades.


Exigen un rey, un amo,

se agitan con violenta ignorancia,

denuncian injusticias sin sentido,

únicamente provocadas por la ruda,

grosera, tosca conducta inmoral

de una infame masa de necios.


Demandan atención,

ávidos de protagonismo,

agnósticos de la política,

farsantes patrióticos,

fieles a la religión,

atados a la tradición,

mentes vacías, reclamando un señor.


La fétida masa de desamparados,

pensando encontrar la felicidad,

se hunde en la burguesía,

en el sedentarismo abusivo

de la clase acomodada

entre hipotecas y deudas.


Hipnotizados por la estabilidad

añoran en secreto un cambio

que les permita ampliar su influencia.

Nutren un secreto deseo,

que consideran detestable,

de abandono y destrucción,

el espíritu animal exige su parte.


Se agita nervioso el vulgo,

por miedo a quedar en libertad

necesita ataduras y límites,

leyes y censura, represión,

que después es repudiada,

aborrecida y rechazada.



Recorre las calles, muéstrate,

demuestra a este gentío,

a estos petulantes charlatanes,

que tus versos valen más que sus vidas.